El cartonerito

Entre varios chicos más grandes lo estaban empujando. Era un cartonerito, no pasaba de los siete. Cuando lo miré me miró, y parecía que los ojitos se le iban a salir. Amagué a acercarme, los otros cuatro me miraron. El mayor lo soltó, los demás también. Tenían a lo sumo once años. Sonrieron, el nene se quedó quietito y miró para abajo. El mayor dio dos pasos en dirección a donde yo estaba. Di vuelta la mochila y caminé sin mirar atrás hasta llegar a casa. Me sentía atontada, y tomé dos tazas grandes de café. Tal vez por eso a las once, con los ojos abiertos de par en par, y siguiendo consejos insistentes, tuve que salir a la farmacia a comprar algo que me ayudase a dormir. Estaba oscuro y me pareció más seguro ir derecho por la calle donde vivo hasta la avenida. Pasaban muchos autos, para la hora que era, pero caminando no había nadie. En la esquina de la panchería me llamó la atención que los conductores esquivaban algo. Con horror descubrí que era el cuerpito del nene. Reconocí la remerita rayada, aunque la carita estaba llena de moretones, y brillaba algo que podía ser sangre en su hombro izquierdo. Al pararme más cerca, vi que respiraba con dificultad. Inmediatamente dos hombres me detuvieron. Uno era alto, gordo y no lo escuché hablar. El otro era flaco, feo y de voz chillona.
-No lo toqués, nena, ya llamamos a la mamá.
-Pero…- empecé a decir cuando me di cuenta de que el gordo me había agarrado del brazo y me arrastraba en dirección contraria al nene.
-Seguí con lo tuyo, nena –dijo de nuevo el flaco-. No te metas con esta gente.
-Hay que llamar a una ambulancia, a la policía, hay que… -habría dicho algo de eso si no me hubiese empujado contra la reja de una casa. En mal momento se me ocurrió no llevar celular, porque así era más seguro.
No me quedaba otra que buscar un teléfono público en la avenida. El único que había lo estaba usando una chica que hablaba boludeces con un tal “Bichi” y que se parecía bastante a la de la tele, la de Floricienta. Ni caso que me hizo cuando le dije que era urgente. No me importó nada, volví a la panchería, el nene no estaba más.
-Se lo llevó la mamá. Te conviene rajar.
-Pero… -empecé a decir cuando la vi. Era más chica que yo y estaba embarazada, se llevaba al cartonerito arrastrando por la avenida.
Sin pensar le grité algo. “Ya está muerto”, me dijo, y esa respuesta me dejó tan paralizada que no pude reaccionar cuando ella salió corriendo con esa panza enorme y ese cuerpo escuálido dejando a su hijito en medio de la calle. Me despabiló un 110 que venía ya a media cuadra sin señales de haber visto nada, y corrí, lo más fuerte que pude, corrí.
El golpe con el colectivo me dejó inconciente y tal vez por eso, no me acuerdo del accidente tal como lo publicaron los diarios:
Que dos pasajeros resultaron heridos por la frenada, y la víctima fatal fue el menor Alejandro Bravo, de siete años. Que el chiquito se soltó de la mano de su mamá, embarazada de ocho meses, que no pudo alcanzarlo. Que una joven que se cruzó frente al colectivo al ver al nene sufrió contusiones leves, está en observación en el hospital Álvarez. Que el chofer de la línea 110 declaró que está seguro de no haber visto al nene parado en la calle, y que sólo frenó porque vio a la chica.