El cartonerito
-No lo toqués, nena, ya llamamos a la mamá.
-Pero…- empecé a decir cuando me di cuenta de que el gordo me había agarrado del brazo y me arrastraba en dirección contraria al nene.
-Seguí con lo tuyo, nena –dijo de nuevo el flaco-. No te metas con esta gente.
-Hay que llamar a una ambulancia, a la policía, hay que… -habría dicho algo de eso si no me hubiese empujado contra la reja de una casa. En mal momento se me ocurrió no llevar celular, porque así era más seguro.
No me quedaba otra que buscar un teléfono público en la avenida. El único que había lo estaba usando una chica que hablaba boludeces con un tal “Bichi” y que se parecía bastante a la de la tele, la de Floricienta. Ni caso que me hizo cuando le dije que era urgente. No me importó nada, volví a la panchería, el nene no estaba más.
-Se lo llevó la mamá. Te conviene rajar.
-Pero… -empecé a decir cuando la vi. Era más chica que yo y estaba embarazada, se llevaba al cartonerito arrastrando por la avenida.
Sin pensar le grité algo. “Ya está muerto”, me dijo, y esa respuesta me dejó tan paralizada que no pude reaccionar cuando ella salió corriendo con esa panza enorme y ese cuerpo escuálido dejando a su hijito en medio de la calle. Me despabiló un 110 que venía ya a media cuadra sin señales de haber visto nada, y corrí, lo más fuerte que pude, corrí.
El golpe con el colectivo me dejó inconciente y tal vez por eso, no me acuerdo del accidente tal como lo publicaron los diarios:
Que dos pasajeros resultaron heridos por la frenada, y la víctima fatal fue el menor Alejandro Bravo, de siete años. Que el chiquito se soltó de la mano de su mamá, embarazada de ocho meses, que no pudo alcanzarlo. Que una joven que se cruzó frente al colectivo al ver al nene sufrió contusiones leves, está en observación en el hospital Álvarez. Que el chofer de la línea 110 declaró que está seguro de no haber visto al nene parado en la calle, y que sólo frenó porque vio a la chica.
TU ME QUIERES BLANCA

Tú me quieres alba,
Me quieres de espumas,
Me quieres de nácar.
Que sea azucena
Sobre todas, casta.
De perfume tenue.
Corola cerrada
Ni un rayo de luna
Filtrado me haya.
Ni una margarita
Se diga mi hermana.
Tú me quieres nívea,
Tú me quieres blanca,
Tú me quieres alba.
Tú que hubiste todas
Las copas a mano,
De frutos y mieles
Los labios morados.
Tú que en el banquete
Cubierto de pámpanos
Dejaste las carnes
Festejando a Baco.
Tú que en los jardines
Negros del Engaño
Vestido de rojo
Corriste al Estrago.
Tú que el esqueleto
Conservas intacto
No sé todavía
Por cuáles milagros,
Me pretendes blanca
(Dios te lo perdone),
Me pretendes casta
(Dios te lo perdone),
¡Me pretendes alba!
Huye hacia los bosques,
Vete a la montaña;
Límpiate la boca;
Vive en las cabañas;
Toca con las manos
La tierra mojada;
Alimenta el cuerpo
Con raíz amarga;
Bebe de las rocas;
Duerme sobre escarcha;
Renueva tejidos
Con salitre y agua;
Habla con los pájaros
Y lévate al alba.
Y cuando las carnes
Te sean tornadas,
Y cuando hayas puesto
En ellas el alma
Que por las alcobas
Se quedó enredada,
Entonces, buen hombre,
Preténdeme blanca,
Preténdeme nívea,
Preténdeme casta.
Querida familia:
Respondo su carta con cierta indignación todavía, a causa de las cosas que ustedes me cuentan en ella. Cuando dejé el pueblo lo hice con la tranquilidad de saber que los dejaba ustedes a salvo de la exposición a las privaciones que yo tuve que pasar. Me uní al ejército para asegurar los estudios de Bernardita, y he trabajado duramente, pero con la seguridad de que seguía siendo respetado como el vecino honrado que siempre fui. Es por eso que sentí un dolor profundo al enterarme de los desagradables comentarios que se hicieron en mi ausencia. Desde ya, no creo que sea necesario en absoluto defenderme de tales acusaciones. Todos conocemos las costumbres del joven Jaimito. Él vino a visitarme la semana pasada, y como siempre lo hace me pidió dinero, seguramente para sus andanzas poco serias, único asunto del que se ocupa cuando está en la ciudad. En esta oportunidad, no se molestó siquiera en inventarse una justificación para el préstamo que solicitaba, y que, dicho sea de paso, no daba garantías de poder pagar. Tuve que rehusarme, principalmente para cuidar mi reputación, bien sé que no puedo permitir que mi dinero sea invertido en acciones ilegales, y no tenía pruebas de que las que Jaimito se proponía hacer no lo fueran.
Por supuesto, mi conducta lo ha ofendido, y se ha retirado murmurando groserías. Sin embargo, esto no provocó que yo lo imaginara capaz de divulgar semejante cantidad de mentiras ímprobas sobre mi persona, y además d ela más baja calaña. Lamento no poder acudir personalmente para hacer que se disculpe con ustedes, pero mi trabajo me lo impide. Desde allí, viviendo de sus padres y saliendo de vacaciones cuatro veces al año, para Jaimito debe ser muy fácil dejar volar la imaginación e inventarse esta clase de historias. Vaya a saber de dónde saca ese tipo de ideas.
No voy a negar que el día que visitó mi departamento, otro hombre se hallaba conmigo, pero lejos de ser lo que él dice, es un compañero de trabajo, que solamente se quedó para ayudarme a arreglar las cañerías, razón por la cual estábamos acalorados y nos vimos obligados a sacarnos las camisetas. En cuanto a lo que dice de mi ocupación, les reitero que estoy en el ejército desde hace un año, y no porque crea que tengo necesidad de probarlo, sino simplemente para que lo vean, les adjunto una foto en la que luzco mi uniforme.
Muchos saludos para todos y prometo visitarlos en navidad.
afectuosa y masculinamente
Lulú. Digo... Luis.
En los últimos cuarenta
y dos meses
(no sería justo contar en años)
he buscado entre el cielo y la tierra
-ya que mi corporeidad me impide ir más arriba
o más abajo-
una palabra dicha que oí al pasar,
casi de seguro salir de tus labios,
escaparse por entre tus dientes ligeramente
separados que le dan, a veces,
a tu voz ese parecido a un silbido.
La dijiste, lo recuerdo y hasta podrás repetirla
(ya que estoy seguro de que vos también
la recordás, o deberías hacerlo
lo pregunto cada día desde hacen ya…
cuarenta y dos meses)
pero no podés, aunque quisieras
–y no es que crea que querés, y no es que quiera
que quieras-
volver a ese instante mismo de sonoridad
perfecta y silbada
del tequiero que decís son dos palabras.
No tenés derecho.
Derecho de permanecer en silencio. Qué estupidez.
No tenés derecho, y el izquierdo lo tenés torcido.
Y decís, decís, decís,
y llevo treinta y tres noches en vela
esperando que digas.
Pero espero hasta que me desespero
y seguís hablando y hablando mudo.
Y tus palabras,
unidas a los objetos por hilos invisibles
me persiguen obligándome a ser
oyente
de algo que no es lo que yo espero.
¡Canta Wendy!
Pero en los últimos meses la música del Perú ha avanzado en el territorio de la internet por medio de la difusión de sus videoclips de bajo presupuesto. La Tigresa del Oriente es el mayor exponente, pero la pequeña Wendy, ejemplo de sacrificio (?) con tan sólo diez años ha logrado una perfección en sus alaridos comparable a la de su contraparte argentina de los noventa, Nicole Neumann. Con sus trajes típicos y sus letras lascivas, conquistó al público de todas las edades. A esto le sumamos una trágica historia, debe ser probablemente la única niña huérfana del mundo, a juzgar por la lástima, digo ternura que inspira.
¿Qué podemos aprender los argentinos de esta criatura gritona y encantadora?
Interludio
Primero, el dolor. Profundo e intenso. Lo abarcaba todo ese dolor, lo respiraba y se le metía en los pulmones, amenazaba con reemplazar su sangre, con asimilarse a cada célula.
Pero era un dolor limpio, honesto, hijo legítimo de la desesperación. Venía de afuera, del aire; y una vez adentro, golpeaba desde los órganos hacia la piel, y se alimentaba del amor.
Se había lavado con lágrimas sin sal, era un dolor puro. Sin restos de rencor o de melancolía, un dolor líquido transparente que empapaba todas las imágenes y mojaba los sonidos, mediaba entre el mundo y ella, la protegía de algún modo.
Hasta que se murió de hambre porque ella dejó de amarlo. Porque no lo amaba él ya no podía lastimarla. No le afectaba su mera existencia, no le agujereaba el corazón con cada movimiento. Ya no. Y se sentía orgullosa de eso. Sentía orgullo y ese orgullo le daba asco. Asco y vergüenza de que se hubiera terminado lo eterno.
Desde que no estaba enamorada habían pasado varias cosas. Como el silencio a veces hace tanto ruido, como lo ausente necesita siempre estar presente; el no-amor se fue transformando de a poco en el centro de la vida. No había nada que pudiera no comparar con aquello. Por ejemplo, ya no existían sentirse bien y sentirse mal, estaban solamente sentirse mejor y sentirse peor.
Y no era odio, no era desamor. Era no-amor. Era el resto de las cosas, su cuerpo, los cuerpos, todo lo que se podía tocar, ahí directamente: el cielo, más arriba que nunca, las voces, todas esas cosas hermosas, agradables, frescas, valiosas; que no eran el amor. Esas cosas la perseguían, la iban vaciando, la dejaban hecha un hueco, un recipiente inútil sin nada.
Cuando las heridas cicatrizan ya no duele. Cuando se van las marcas uno cada vez se acuerda menos, se desrealizan los recuerdos, se transforman en algo así como sueños viejos.
Muy muy de a poco las cosas vuelven a ser las cosas. El orgullo le da una patada al asco y lo deja tirado en la vereda, entre las ocho y las nueve para que se lo lleve el camión, lo triture y se mezcle con otras inmundicias.
Su cuerpo volvió a ser su cuerpo (lleno de venas, de sangre, de huesos), los cuerpos vuelven a ser cuerpos y se pueden tocar, el cielo está a una distancia razonable. Lo bueno va adquiriendo entidad, lo malo se rehace inevitablemente por oposición. Las cosas se agrupan en conjuntos, se abstrae lo importante de cada una para se pueda nombrar, y ella es otra vez una persona normal, que cree cosas, piensa, duerme toda la noche, cocina, juega al volley y atiende el teléfono.
Es él el que llama. No tiene por qué arrastrarla esa voz que tiembla, si no siente nada por él. No importa que le ponga de manifiesto que está, en alguna parte, el dueño de esa voz, si no lo ama. Pero le importa y la arrastra. Bosteza mientras devora su esperado desayuno, profundo e intenso, el dolor.
Tácito
Mi vida con Natalio
Natalio me mira sin comprenderme, pero yo sé que él también tiene miedo. Se le ve en la cara que pone cuando prepara la cena o desempolva las cortinas.
Eso no es todo. Hace más de dos meses me di cuenta de que nuestro perro Bongo estaba caminando chueco. Días después nos dimos cuenta de que se le había clavado una astilla. El veterinario se la sacó por la módica suma de nueve pesos más la consulta.
Mis preocupaciones aumentaron cuando una semana más tarde, Bongo empezó a caminar con normalidad. Era obvio que se trataba de una herida interna, y dicen que cuando no hay dolor es porque el tumor es maligno. El veterinario dijo que no tenía nada y no quiso hacerle más estudios. Tengo miedo por Bongo, si supiera qué tiene...
Por las dudas estoy ahorrando, no vaya a ser que haya que operarlo de emergencia. A Natalio le molesta que no quiera hacer ningún gasto. Dice que todos estos años trabajando deberían servirnos para darnos uno que otro gusto. A veces me parece que no se diera cuenta de lo que en verdad es importante.
Mi madre no ha venido a visitarnos desde hace tres días. Tal vez algo le haya pasado. Hable por teléfono con ella anoche, y me aseguró que todo está en orden, pero con la gente mayor nunca se sabe. Y la lámpara del baño titila de a ratos, me hace pensar que toda la instalación eléctrica está mal y el día menos pensado va a terminar estallando.
Como si esto fuera poco Natalio ya no se muestra preocupado como yo. Está tan alegre con el ascenso que le dieron en el trabajo, que cree que con un aumento en los ingresos va a solucionar todos los problemas. En lo único que piensa es en sexo, y en salir, y hacerme regalos. Ojalá tuviera un marido que se preocupara por mi felicidad.
Náuseas

Siento náuseas al ver esos sueños -nuestros- pisoteados, con las huellas de unas botas. Siento náuseas y te veo alejarte como si nada sin una mirada de compasión. No tengo más lárgimas, solamente un suspiro entrecortado y estas náuseas, este asco de tener que seguir viviendo en este cuarto sucio que abandonaste para siempre.
Vos y yo nos hemos manoseado demasiado, ya no hay parte de tu cuerpo que no tenga rastros de mis uñas o de mi saliva, y todavía el espejo refleja tu sombra difusa que siempre resulta ser la del abrigo negro que te olvidaste.
¿Tenés frío ahora? Yo sí y es porque estoy descalza. Me pondré las botas sin mirarlas, no vaya a ser que me de cuenta que su forma coincide exacto con las huellas que me dan náuseas.
Poema 6

Te recuerdo como eras en el último otoño.
Eras la boina gris y el corazón en calma.
En tus ojos peleaban las llamas del crepúsculo.
Y las hojas caían en el agua de tu alma.
Apegada a mis brazos como una enredadera,
las hojas recogían tu voz lenta y en calma.
Hoguera de estupor en que mi sed ardía.
Dulce jacinto azul torcido sobre mi alma.
Siento viajar tus ojos y es distante el otoño:
boina gris, voz de pájaro y corazón de casa
hacia donde emigraban mis profundos anhelos
y caían mis besos alegres como brasas.
Cielo desde un navío. Campo desde los cerros.
Tu recuerdo es de luz, de humo, de estanque en calma!
Más allá de tus ojos ardían los crepúsculos.
Hojas secas de otoño giraban en tu alma.
Querida Julia:
Ya no podía verte más con esa carita de inocente, con esos ojitos bonitos y esa sonrisa que tan feliz me hacía, y que nunca pude encontrar en otra chica. Estos cuarenta y tres meses han sido los más duros, porque no puedo abrazarte y volver a sentir tu cuerpo contra el mío, porque no puedo escucharte, con esa voz preciosa que me taladraba la cabeza, porque no te callabas nunca, mujer, hablabas sin parar, querías saber todo, querías contar todo. ¿Y ahora?
Ya van dieciséis meses que no me respondés el teléfono, y a veces, pienso que tal vez te mudaste y cambiaste el número, entonces no puedo reprocharte que no atiendas. Pero podrías haber tenido la delicadeza de avisarme que te mudabas, ¿no? Uno no puede pretender que los demás adivinen que tiene otro teléfono. Siempre fuiste un poquito distraída, pero igual ese aire despistado en tu mirada, te quedaba bien, y me gustaba, como cuando te olvidabas algo y me preguntabas. Vivías preguntando, preguntando, que cómo me sentía, que cómo me había ido, que si necesitaba algo... Nena, conseguite una vida...
Y decías que el loco era yo. Pero por qué no te dejás de joder.
Mirá, no sé ni si la voy a mandar la carta.
Un nuevo amanecer

llegó un nuevo amanecer, con la Tigresa del Oriente.
¿Y por qué no podrás recitificar?
siempre hay un nuevo amanecer.
Mientras Dios te da vida y salud
aporvecha para dar amor.
Brinda una sonrisa,
sé más cariñoso,
ponle alegría:
si tu sabes dar amor
entonces serás feliz.
Domina tu orgullo,
no seas egoísta,
sé más amigable:
si tu sabes dar amor
un nuevo amanecer tendrás.
Tienes que rectificar tus errores y tendrás un nuevo amanecer, te lo dice la Tigresa del Oriente.
¿Y por qué no podrás rectificar?
Siempre hay un nuevo amanecer.
Mientras Dios te da vida y salud
aprovecha para ser feliz.
Mientras Dios te da vida y salud
aprovecha para dar amor.
Brinda una sonrisa,
sé más cariñoso,
ponle alegría:
si tú sabes dar amor
entonces serás feliz.
Domina tu orgullo,
no seas egoísta,
sé más amigable:
si tú sabes dar amor
un nuevo amanecer tendrás.