Lo pop
Tú me quieres flaca
Tú me quieres flaca
que quieres delgada
me quieres sin grasa.
Que coma una cena
sobre todas magra.
De cintura fina y cola parada.
Ni un cacho de torta
morfado me haya,
ni una rellenita
se diga mi hermana.
Tú me quieres bella.
me quieres esbelta,
tú me quieres flaca.
Tú que hubiste todas
las copas a mano.
De postres y helados
los labios morados.
Tú que en el banquete
cubierto de salsas
mojaste las carnes
rojas del asado.
Tú que en restaurantes
chinos y peruanos
por setenta pesos
comiste hasta harto.
Tú que el cinturón
lo conservas intacto
no sé todavía
por cuáles milagros,
me pretendes flaca,
(Dios te lo perdone)
me quieres esbelta
(Dios te lo perdone)
¡Me quieres delgada!
Ponte tú los tacos
y la minifalda;
píntate la boca,
levanta las nalgas;
con cera caliente
depílate el alma;
alimenta el cuerpo
con lechuga amarga
y bebe Ser Citrus,
y no birra helada;
y si no te gusta,
bebe sólo agua.
Haz abdominales
y lévate al alba
y cuando los tipos
te griten guasadas
y cuando la cera
se quede pegada
por un pelo negro
que quedó encarnado,
entonces, buen hombre,
preténdeme bella,
preténdeme esbelta,
preténdema flaca.
El amor
Las palabras se cansan, se gastan, se vacían y después se vuelven a llenar porque no tienen miedo a la oscuridad ni al silencio porque digo que te amo.
Por eso, y aunque te ame, nunca, nunca seré poeta ni de Provincia ni de Capital.
Luna de miel en Arizona
Plomos van y plomos vienen
En romántico vaivén
Comentarios de comadres
Que el casorio no iba bien
Mis historias son cada vez más cortas y esta es la de un hombre que se casó con una chica de muy mal genio, seguro de que podría domarla. Ya solos en la casa ensayó seguir el ejemplo medieval y se la agarró con los pobres animalitos que ninguna culpa tenían pero de ese modo esperaba aleccionar a su mujercita para que viera de lo que era capaz su marido. Pero el pobre no se había dado cuenta que habían pasado más de diez siglos y ahora está preso en Marcos Paz.
moraleja: toda moraleja tiene su fecha de vencimiento.
Lo monstruoso
veinte
Desaparición
Era una tarde cuando tres hermanos de entre veinte y veinticinco años desaparecieron luego de haber salido a comprar cigarrillos. La madre fue la primera en notar la ausencia y pensó que tal vez habían decidido no volver inmediatamente. Les envió sendos mensajes de texto. Ninguno fue respondido. Creyó que algo terrible podría haber pasado, pero calló por miedo a ser tomada por loca.
Si los hubiera buscado en ese mismo instante, acaso los habría salvado.
Encuentro
El lunes por la mañana Lucas encontró un billete de veinte pesos en el bolsillo de un jean que le habían prestado. Se preguntó si serían suyos o del dueño de la prenda. Meditó largamente sobre el asunto y luego de respasar todas sus acciones a partir del momento del préstamo, concluyó que el dinero no le pertenecía.
Lucas comenzó a ponerse nervioso, le habría gustado gastar los veinte pesos, pero sabía que era posible que su amigo también los necesitara y, en cualquier caso, estaba en todo su derecho de recuperarlos. Por otro lado, era muy probable que el susodicho ni siquiera hubiese notado la pérdida, y aunque lo hubiera hecho, una vez que se extravió dinero no se suele tener la esperanza de recobrarlo.
Lucas respiraba agitado, eran las once menos diez y era probable que ese día viera a su amigo durante el almuerzo de ambos. Susana, la supervisora, notó cierto temblor en las manos de Lucas. Notó el sudor en su frente, notó su voz quebrada, pensó que estaba drogado. Justo en ese instante, Lucas tomó la esperada decisión. Agarró el billete con la punta de los dedos de su mano izquierda, mientras la derecha seguía realizando las tareas de la oficina. Raspó lentamente con las uñas, teniendo cuidado de no estropear nada indebido. Enfocó la mayor parte de su atención en el raspaje. Lo hizo desde la parte inferior del billete, a la izquiera de la figura de Belgrano, y subiendo en forma pareja hasta la parte superior. Cuando finalizó, obervó que su mano derecha también estaba lista para ir a almorzar. De doce a una, pensó.
Se deshizo de la tirita metalizada y alisó el papel del billete y lo dejó en un cajón del escritorio. El rostro rosado de Belgrano lo miró con aprobación desde la ilustración y desde la marca de agua.
Lucas salió del edificio e ingresó al pequeño bar donde solía almorzar. Eso agradó mucho a su amigo, que lo esperaba con un lugar reservado a su lado. Con alivio, Lucas descubrió que no quedaban rastros del mal momento precedente.
