¡Canta Wendy!

Perú es uno de mis países preferidos, por su gente, por sus paisajes, pero particularmente por su comida. Nuestra corresponsal Jhoanna Espinoza nos ha agazajado más de una vez con su pastel peruano y otras especialidades de la casa, y hasta nos ha llevado a almorzar al restaurante enfrente del Abasto de Buenos Aires. Independientemente de que se coman a nuestras queridas mascotas cobayescas, los peruanos se han ganado un lugar en nuestro corazón.
Pero en los últimos meses la música del Perú ha avanzado en el territorio de la internet por medio de la difusión de sus videoclips de bajo presupuesto. La Tigresa del Oriente es el mayor exponente, pero la pequeña Wendy, ejemplo de sacrificio (?) con tan sólo diez años ha logrado una perfección en sus alaridos comparable a la de su contraparte argentina de los noventa, Nicole Neumann. Con sus trajes típicos y sus letras lascivas, conquistó al público de todas las edades. A esto le sumamos una trágica historia, debe ser probablemente la única niña huérfana del mundo, a juzgar por la lástima, digo ternura que inspira.
¿Qué podemos aprender los argentinos de esta criatura gritona y encantadora?
Que por mucho que la critiquemos, es mucho mejor que Nicole, y menos ridícula para vestirse que Laurita Esquivel.



Interludio




Primero, el dolor. Profundo e intenso. Lo abarcaba todo ese dolor, lo respiraba y se le metía en los pulmones, amenazaba con reemplazar su sangre, con asimilarse a cada célula.

Pero era un dolor limpio, honesto, hijo legítimo de la desesperación. Venía de afuera, del aire; y una vez adentro, golpeaba desde los órganos hacia la piel, y se alimentaba del amor.

Se había lavado con lágrimas sin sal, era un dolor puro. Sin restos de rencor o de melancolía, un dolor líquido transparente que empapaba todas las imágenes y mojaba los sonidos, mediaba entre el mundo y ella, la protegía de algún modo.

Hasta que se murió de hambre porque ella dejó de amarlo. Porque no lo amaba él ya no podía lastimarla. No le afectaba su mera existencia, no le agujereaba el corazón con cada movimiento. Ya no. Y se sentía orgullosa de eso. Sentía orgullo y ese orgullo le daba asco. Asco y vergüenza de que se hubiera terminado lo eterno.

Desde que no estaba enamorada habían pasado varias cosas. Como el silencio a veces hace tanto ruido, como lo ausente necesita siempre estar presente; el no-amor se fue transformando de a poco en el centro de la vida. No había nada que pudiera no comparar con aquello. Por ejemplo, ya no existían sentirse bien y sentirse mal, estaban solamente sentirse mejor y sentirse peor.

Y no era odio, no era desamor. Era no-amor. Era el resto de las cosas, su cuerpo, los cuerpos, todo lo que se podía tocar, ahí directamente: el cielo, más arriba que nunca, las voces, todas esas cosas hermosas, agradables, frescas, valiosas; que no eran el amor. Esas cosas la perseguían, la iban vaciando, la dejaban hecha un hueco, un recipiente inútil sin nada.

Cuando las heridas cicatrizan ya no duele. Cuando se van las marcas uno cada vez se acuerda menos, se desrealizan los recuerdos, se transforman en algo así como sueños viejos.

Muy muy de a poco las cosas vuelven a ser las cosas. El orgullo le da una patada al asco y lo deja tirado en la vereda, entre las ocho y las nueve para que se lo lleve el camión, lo triture y se mezcle con otras inmundicias.

Su cuerpo volvió a ser su cuerpo (lleno de venas, de sangre, de huesos), los cuerpos vuelven a ser cuerpos y se pueden tocar, el cielo está a una distancia razonable. Lo bueno va adquiriendo entidad, lo malo se rehace inevitablemente por oposición. Las cosas se agrupan en conjuntos, se abstrae lo importante de cada una para se pueda nombrar, y ella es otra vez una persona normal, que cree cosas, piensa, duerme toda la noche, cocina, juega al volley y atiende el teléfono.

Es él el que llama. No tiene por qué arrastrarla esa voz que tiembla, si no siente nada por él. No importa que le ponga de manifiesto que está, en alguna parte, el dueño de esa voz, si no lo ama. Pero le importa y la arrastra. Bosteza mientras devora su esperado desayuno, profundo e intenso, el dolor.

Tácito


Estaba enamorado y los enamorados son estúpidos. Tenía la cabeza llena de pavadas, de recuerdos sin sentido, algunos de cosas que nunca pasaron. Caminaba con los ojos cerrados seguro de no caer y no tenía miedo de nada. Por ahí por no tener miedo es posible que las cosas terribles sucedan. Ella no era en realidad tan hermosa ni tan buena, ni se había entregado por completo, ni había decidido qué hacer, ni valía la pena arriesgarse conociendo al marido y sus antecedentes. Pero estaba enamorado y no veía todo eso. Creía que Laura también estaba enamorada, que ella también…
Eso hacía que olvidara la propia estupidez, que no sintiera la soledad. Aun así las cosas terribles sucedieron.
Esperaba el tren la madrugada del sábado, era necesario que llegara a casa antes que Laura, que ella nunca supiera que también había salido. Estaba apurado, por eso. También tenía sueño y los párpados se hacían cada vez más pesados, a causa de haber pasado la noche sumergido en un humo denso de cigarrillo y de neblina oscura. De todos modos, no había amanecido, así que caminar con los ojos cerrados o abiertos no hacía la diferencia. Sentía la luz en los ojos mientras escuchaba acercarse el tren. No hubiera adivinado nunca que ahí venía Augusto, que el encuentro y sucesivo choque (porque todo encuentro es un choque) eran inevitables. Mientras hacía fuerza por mantener la cabeza erguida, por no desfallecer de cansancio y de falta de equilibrio, las luces del andén se apagaron de golpe. Augusto estaba justo en frente, y ya no podía fingir que no lo había visto. Para colmo de males se aproximaba para saludar, con una educación mal disimulada dejaba traslucir las intenciones más crueles.
Me pregunto si dolió la quinta puñalada, y si cuando Laura lloraba, era por culpa o por amor. Me pregunto de quién era la sangre que sentía salir de la herida y si él sabía que iba a morir cuando enterró el cuchillo.

Mi vida con Natalio

Han ocurrido algunas desgracias en los últimos meses. Natalio y yo tratamos de mantenernos unidos a pesar de todo, pero el camino se vuelve cada vez más cuesta arriba. La última semana recibimos una carta de intimación de la capital. El destinatario no era Natalio, tampoco era yo, y la dirección no correspondía a nuestro domicilio. Sin embargo, esto me alteró muchísimo. El remitente despertó en nosotros los recuerdos adormecidos de la hipoteca. Terminamos de pagarla el verano pasado y creímos que podríamos continuar nuestras vidas tranquilos, pero desde la llegada de esa carta, me asalta por las noches el fantasma de alguna cuota impaga que pasamos por alto. La casa, para colmo, parece reírse de mí en estos trances. La puerta de la cocina chilla burlona cada vez que se cierra.
Natalio me mira sin comprenderme, pero yo sé que él también tiene miedo. Se le ve en la cara que pone cuando prepara la cena o desempolva las cortinas.
Eso no es todo. Hace más de dos meses me di cuenta de que nuestro perro Bongo estaba caminando chueco. Días después nos dimos cuenta de que se le había clavado una astilla. El veterinario se la sacó por la módica suma de nueve pesos más la consulta.
Mis preocupaciones aumentaron cuando una semana más tarde, Bongo empezó a caminar con normalidad. Era obvio que se trataba de una herida interna, y dicen que cuando no hay dolor es porque el tumor es maligno. El veterinario dijo que no tenía nada y no quiso hacerle más estudios. Tengo miedo por Bongo, si supiera qué tiene...
Por las dudas estoy ahorrando, no vaya a ser que haya que operarlo de emergencia. A Natalio le molesta que no quiera hacer ningún gasto. Dice que todos estos años trabajando deberían servirnos para darnos uno que otro gusto. A veces me parece que no se diera cuenta de lo que en verdad es importante.
Mi madre no ha venido a visitarnos desde hace tres días. Tal vez algo le haya pasado. Hable por teléfono con ella anoche, y me aseguró que todo está en orden, pero con la gente mayor nunca se sabe. Y la lámpara del baño titila de a ratos, me hace pensar que toda la instalación eléctrica está mal y el día menos pensado va a terminar estallando.
Como si esto fuera poco Natalio ya no se muestra preocupado como yo. Está tan alegre con el ascenso que le dieron en el trabajo, que cree que con un aumento en los ingresos va a solucionar todos los problemas. En lo único que piensa es en sexo, y en salir, y hacerme regalos. Ojalá tuviera un marido que se preocupara por mi felicidad.

Náuseas


Siento náuseas al ver esos sueños -nuestros- pisoteados, con las huellas de unas botas. Siento náuseas y te veo alejarte como si nada sin una mirada de compasión. No tengo más lárgimas, solamente un suspiro entrecortado y estas náuseas, este asco de tener que seguir viviendo en este cuarto sucio que abandonaste para siempre.
Vos y yo nos hemos manoseado demasiado, ya no hay parte de tu cuerpo que no tenga rastros de mis uñas o de mi saliva, y todavía el espejo refleja tu sombra difusa que siempre resulta ser la del abrigo negro que te olvidaste.
¿Tenés frío ahora? Yo sí y es porque estoy descalza. Me pondré las botas sin mirarlas, no vaya a ser que me de cuenta que su forma coincide exacto con las huellas que me dan náuseas.

Poema 6


Te recuerdo como eras en el último otoño.
Eras la boina gris y el corazón en calma.
En tus ojos peleaban las llamas del crepúsculo.
Y las hojas caían en el agua de tu alma.

Apegada a mis brazos como una enredadera,
las hojas recogían tu voz lenta y en calma.
Hoguera de estupor en que mi sed ardía.
Dulce jacinto azul torcido sobre mi alma.

Siento viajar tus ojos y es distante el otoño:
boina gris, voz de pájaro y corazón de casa
hacia donde emigraban mis profundos anhelos
y caían mis besos alegres como brasas.

Cielo desde un navío. Campo desde los cerros.
Tu recuerdo es de luz, de humo, de estanque en calma!
Más allá de tus ojos ardían los crepúsculos.
Hojas secas de otoño giraban en tu alma.

Querida Julia:

Hace meses que no hago otra cosa que pensar en vos. Tu nombre se forma hasta con los fideos de la sopa, y eso que compré moñitos. No me puedo concentrar en nada y me da tanta tristeza no tenerte cerca mío para poder decirte que ya no te quiero más, que no significás nada para mí, que no quiero volverte a hablar nunca. Terminaste con la relación de manera tan abrupta e inesperada que no me diste oportunidad de decirte que ya no te soportaba, que me rompías las pelotas con tus intentos de hablar conmigo, con tus ganas de entenderme.


Ya no podía verte más con esa carita de inocente, con esos ojitos bonitos y esa sonrisa que tan feliz me hacía, y que nunca pude encontrar en otra chica. Estos cuarenta y tres meses han sido los más duros, porque no puedo abrazarte y volver a sentir tu cuerpo contra el mío, porque no puedo escucharte, con esa voz preciosa que me taladraba la cabeza, porque no te callabas nunca, mujer, hablabas sin parar, querías saber todo, querías contar todo. ¿Y ahora?


Ya van dieciséis meses que no me respondés el teléfono, y a veces, pienso que tal vez te mudaste y cambiaste el número, entonces no puedo reprocharte que no atiendas. Pero podrías haber tenido la delicadeza de avisarme que te mudabas, ¿no? Uno no puede pretender que los demás adivinen que tiene otro teléfono. Siempre fuiste un poquito distraída, pero igual ese aire despistado en tu mirada, te quedaba bien, y me gustaba, como cuando te olvidabas algo y me preguntabas. Vivías preguntando, preguntando, que cómo me sentía, que cómo me había ido, que si necesitaba algo... Nena, conseguite una vida...

A mí me hubiera gustado verte una vez más, y decirte todo esto, pero ¿sabés qué?: mejor que no te lo dije, porque seguro no me hubieras entendido, porque nunca prestás atención a nada, porque no te importa, no te importa nada.


Y decías que el loco era yo. Pero por qué no te dejás de joder.
Mirá, no sé ni si la voy a mandar la carta.

Te quiere


Lucas.

Un nuevo amanecer


llegó un nuevo amanecer, con la Tigresa del Oriente.

¿Y por qué no podrás recitificar?
siempre hay un nuevo amanecer.

Mientras Dios te da vida y salud
aporvecha para dar amor.
Brinda una sonrisa,
sé más cariñoso,
ponle alegría:
si tu sabes dar amor
entonces serás feliz.

Domina tu orgullo,
no seas egoísta,
sé más amigable:
si tu sabes dar amor
un nuevo amanecer tendrás.

Tienes que rectificar tus errores y tendrás un nuevo amanecer, te lo dice la Tigresa del Oriente.

¿Y por qué no podrás rectificar?
Siempre hay un nuevo amanecer.

Mientras Dios te da vida y salud
aprovecha para ser feliz.
Mientras Dios te da vida y salud
aprovecha para dar amor.

Brinda una sonrisa,
sé más cariñoso,
ponle alegría:
si tú sabes dar amor
entonces serás feliz.

Domina tu orgullo,
no seas egoísta,
sé más amigable:
si tú sabes dar amor
un nuevo amanecer tendrás.