TU ME QUIERES BLANCA




Tú me quieres alba,
Me quieres de espumas,
Me quieres de nácar.
Que sea azucena
Sobre todas, casta.
De perfume tenue.
Corola cerrada

Ni un rayo de luna
Filtrado me haya.
Ni una margarita
Se diga mi hermana.
Tú me quieres nívea,
Tú me quieres blanca,
Tú me quieres alba.

Tú que hubiste todas
Las copas a mano,
De frutos y mieles
Los labios morados.
Tú que en el banquete
Cubierto de pámpanos
Dejaste las carnes
Festejando a Baco.
Tú que en los jardines
Negros del Engaño
Vestido de rojo
Corriste al Estrago.

Tú que el esqueleto
Conservas intacto
No sé todavía
Por cuáles milagros,
Me pretendes blanca
(Dios te lo perdone),
Me pretendes casta
(Dios te lo perdone),
¡Me pretendes alba!

Huye hacia los bosques,
Vete a la montaña;
Límpiate la boca;
Vive en las cabañas;
Toca con las manos
La tierra mojada;
Alimenta el cuerpo
Con raíz amarga;
Bebe de las rocas;
Duerme sobre escarcha;
Renueva tejidos
Con salitre y agua;
Habla con los pájaros
Y lévate al alba.
Y cuando las carnes
Te sean tornadas,
Y cuando hayas puesto
En ellas el alma
Que por las alcobas
Se quedó enredada,
Entonces, buen hombre,
Preténdeme blanca,
Preténdeme nívea,
Preténdeme casta.





-Sos tan linda que te metería desnuda en una botellita de pervinox y te miraría todo el día tratando de escaparte, dispuesta a cualquier cosa para que te saque de ahí, y te tocaría a través del plástico transparente que es igual de liso que la piel de tus bracitos, porque sos tan linda que te ataría de un tobillo y te colgaría de una palmera –una chiquita, no pienses que te quiero torturar- y con lapiceras de colores dibujaría en tus piernas mi firma una y otra vez hasta que nadie dudara que son mías, es que sos tan linda que te perseguiría corriendo descalza alrededor de la mesa, mil veces pasando por el mismo lugar, hasta que te tropieces con la pantufla de mamá y te caigas para que te ayude a levantarte y te convide una tostada con mermelada de naranja –a vos te gusta el sabor ácido, te tiene que gustar con esa carita-, a cambio de eso sos tan linda que para mirar el color de tus ojos te pegaría las pestañas a los párpados y cuando lloraras vería todo el trayecto de una lágrima –pero no es que quiera que llores- tan hermosa que se pone porque tiene tu reflejo diminuto, encima sos tan linda que te abriría el ombligo desatando el nudito con un destornillador, de a poquito, de a poquito, para ver qué hay dentro de tu vientre tratando de no hacerte cosquillas, para que no te rías y me arruines esa carita de asustada, la que estás poniendo ahora, que tanto me gusta, además sos tan linda que te leería todos los cuentos del mundo para la hora de dormir, y no te dejaría dormir hasta no haber leído el último y si viera que no alcanza leería también las recetas de cocina y la guía telefónica (repleta de abonados) de la A ala F, y después la constitución de la ciudad, y otros libros que tengo, y cuando termine vas a estar tan linda con esas ojeras violetas, del color de tu camisón floreado –no te preocupes si no tenés, yo te puedo comprar uno, uno floreado-, con las uñas que las siento crecer muy lentamente descascarando el esmalte sin color que nada más es para que te crezcan las uñas, pero por eso brillan tanto, sin embargo sos tan linda cuando mirás para otro lado como si no me conocieras, que si pudiera te diría todo esto que te digo, pero todavía más fuerte, en el medio de una plaza del centro, o de Parque Patricios, pero sin que te puedas escapar porque la gente estaría mirándonos, todos a nuestro alrededor preguntándose quién es esa chica tan linda, y yo te llevaría a upa a todos lados, a la escuela, al trabajo y a encontrarte con tus amigas, y nos casaríamos en la catedral, pero por civil, porque yo no creo en Dios, y como sos tan linda te agarraría de los cachetitos y te abriría la boca para llenártela de flores o de peces y después de eso recién te pediría que si vos querés nos demos un beso, y que pase todo lo que tenga que pasar.




Querida familia:



Respondo su carta con cierta indignación todavía, a causa de las cosas que ustedes me cuentan en ella. Cuando dejé el pueblo lo hice con la tranquilidad de saber que los dejaba ustedes a salvo de la exposición a las privaciones que yo tuve que pasar. Me uní al ejército para asegurar los estudios de Bernardita, y he trabajado duramente, pero con la seguridad de que seguía siendo respetado como el vecino honrado que siempre fui. Es por eso que sentí un dolor profundo al enterarme de los desagradables comentarios que se hicieron en mi ausencia. Desde ya, no creo que sea necesario en absoluto defenderme de tales acusaciones. Todos conocemos las costumbres del joven Jaimito. Él vino a visitarme la semana pasada, y como siempre lo hace me pidió dinero, seguramente para sus andanzas poco serias, único asunto del que se ocupa cuando está en la ciudad. En esta oportunidad, no se molestó siquiera en inventarse una justificación para el préstamo que solicitaba, y que, dicho sea de paso, no daba garantías de poder pagar. Tuve que rehusarme, principalmente para cuidar mi reputación, bien sé que no puedo permitir que mi dinero sea invertido en acciones ilegales, y no tenía pruebas de que las que Jaimito se proponía hacer no lo fueran.
Por supuesto, mi conducta lo ha ofendido, y se ha retirado murmurando groserías. Sin embargo, esto no provocó que yo lo imaginara capaz de divulgar semejante cantidad de mentiras ímprobas sobre mi persona, y además d ela más baja calaña. Lamento no poder acudir personalmente para hacer que se disculpe con ustedes, pero mi trabajo me lo impide. Desde allí, viviendo de sus padres y saliendo de vacaciones cuatro veces al año, para Jaimito debe ser muy fácil dejar volar la imaginación e inventarse esta clase de historias. Vaya a saber de dónde saca ese tipo de ideas.
No voy a negar que el día que visitó mi departamento, otro hombre se hallaba conmigo, pero lejos de ser lo que él dice, es un compañero de trabajo, que solamente se quedó para ayudarme a arreglar las cañerías, razón por la cual estábamos acalorados y nos vimos obligados a sacarnos las camisetas. En cuanto a lo que dice de mi ocupación, les reitero que estoy en el ejército desde hace un año, y no porque crea que tengo necesidad de probarlo, sino simplemente para que lo vean, les adjunto una foto en la que luzco mi uniforme.
Muchos saludos para todos y prometo visitarlos en navidad.

afectuosa y masculinamente
Lulú. Digo... Luis.







En los últimos cuarenta

y dos meses

(no sería justo contar en años)

he buscado entre el cielo y la tierra

-ya que mi corporeidad me impide ir más arriba

o más abajo-

una palabra dicha que oí al pasar,

casi de seguro salir de tus labios,

escaparse por entre tus dientes ligeramente

separados que le dan, a veces,

a tu voz ese parecido a un silbido.

La dijiste, lo recuerdo y hasta podrás repetirla

(ya que estoy seguro de que vos también

la recordás, o deberías hacerlo

lo pregunto cada día desde hacen ya…

cuarenta y dos meses)

pero no podés, aunque quisieras

–y no es que crea que querés, y no es que quiera

que quieras-

volver a ese instante mismo de sonoridad

perfecta y silbada

del tequiero que decís son dos palabras.

No tenés derecho.

Derecho de permanecer en silencio. Qué estupidez.

No tenés derecho, y el izquierdo lo tenés torcido.

Y decís, decís, decís,

y llevo treinta y tres noches en vela

esperando que digas.

Pero espero hasta que me desespero

y seguís hablando y hablando mudo.

Y tus palabras,

unidas a los objetos por hilos invisibles

me persiguen obligándome a ser

oyente

de algo que no es lo que yo espero.