Desaparición
Era una tarde cuando tres hermanos de entre veinte y veinticinco años desaparecieron luego de haber salido a comprar cigarrillos. La madre fue la primera en notar la ausencia y pensó que tal vez habían decidido no volver inmediatamente. Les envió sendos mensajes de texto. Ninguno fue respondido. Creyó que algo terrible podría haber pasado, pero calló por miedo a ser tomada por loca.
Si los hubiera buscado en ese mismo instante, acaso los habría salvado.
Encuentro
El lunes por la mañana Lucas encontró un billete de veinte pesos en el bolsillo de un jean que le habían prestado. Se preguntó si serían suyos o del dueño de la prenda. Meditó largamente sobre el asunto y luego de respasar todas sus acciones a partir del momento del préstamo, concluyó que el dinero no le pertenecía.
Lucas comenzó a ponerse nervioso, le habría gustado gastar los veinte pesos, pero sabía que era posible que su amigo también los necesitara y, en cualquier caso, estaba en todo su derecho de recuperarlos. Por otro lado, era muy probable que el susodicho ni siquiera hubiese notado la pérdida, y aunque lo hubiera hecho, una vez que se extravió dinero no se suele tener la esperanza de recobrarlo.
Lucas respiraba agitado, eran las once menos diez y era probable que ese día viera a su amigo durante el almuerzo de ambos. Susana, la supervisora, notó cierto temblor en las manos de Lucas. Notó el sudor en su frente, notó su voz quebrada, pensó que estaba drogado. Justo en ese instante, Lucas tomó la esperada decisión. Agarró el billete con la punta de los dedos de su mano izquierda, mientras la derecha seguía realizando las tareas de la oficina. Raspó lentamente con las uñas, teniendo cuidado de no estropear nada indebido. Enfocó la mayor parte de su atención en el raspaje. Lo hizo desde la parte inferior del billete, a la izquiera de la figura de Belgrano, y subiendo en forma pareja hasta la parte superior. Cuando finalizó, obervó que su mano derecha también estaba lista para ir a almorzar. De doce a una, pensó.
Se deshizo de la tirita metalizada y alisó el papel del billete y lo dejó en un cajón del escritorio. El rostro rosado de Belgrano lo miró con aprobación desde la ilustración y desde la marca de agua.
Lucas salió del edificio e ingresó al pequeño bar donde solía almorzar. Eso agradó mucho a su amigo, que lo esperaba con un lugar reservado a su lado. Con alivio, Lucas descubrió que no quedaban rastros del mal momento precedente.