Yo no sabía, nunca supe, que todos los movimientos de ella eran calculados. Yo me daba cuenta y fingía no darme cuenta de que me rozaba el tobillo cuando por un encuentro increíblemente fortuito se sentaba al lado mío en el colectivo. Tenía los ojos de un gris ceniza que casi siempre le veía nublados por el humo. Fumaba todo el tiempo. Fumaba hasta el momento de cruzar la puerta y prefería no comer para tener más tiempo para fumar. Yo tengo los ojos marrones, como el tabaco, marrones como el barro y como la mierda.
Pero de verdad que no sabía. La creía totalmente inocente, distraída vaya a saber en qué. Se reía con esa carita de yo no fui y a veces, cuando yo creía que ella creía que no la veía, se acomodaba las medias dejando entrever más arriba de sus inexplicables polleras de invierno. Y no me daba cuenta de lo que ella hacía. Esa manía de tocarme injustificada si nos cruzábamos por azar, de empujarme sin querer en el ascensor, de saludarme con un abrazo ligera –muy ligera- mente más efusivo de lo esperable.
Era casi tan alta como yo, al menos eso parecía con las botas negras. Le creía. Cuando me hablaba de cualquier cosa con cualquier excusa, le creía. Era linda la guacha. Y a mí ya me había llegado a obligar a pensar en ella. Haciéndose la amiga me empezó a invadir los tiempos y después la mente. Me usaba las biromes y yo no decía nada. Me usaba.
Y yo no decía nada, y por eso a veces me miraba esperando una respuesta, una insinuación, lo que sea, pero yo no decía nada. Sus mensajes de texto impertinentes lejos de molestarme me envolvían más en esa nube del humo de su cigarrillo, del brillo artificial de su pelo artificialmente lacio.
¿Cuántos meses podía llegar a aguantar? Ya iban tres. Y cada vez haciendo más contraste con el frío de afuera. Y sin embargo, yo seguía pensando que ella… que ella nada. Un día llegó a darme un beso tan cerca de la boca, que pude sentir el sabor de sus tic tac durante el resto del día. ¿Quién hubiera dicho que yo era inocente y ella indecente?
Ahora haciendo memoria me parece recordar haberla visto de espaldas unas doscientas veces en mi barrio. De la mano de extraños, zigzagueando en la vereda de enfrente de mi casa. Y yo que creía que estaba enloqueciendo; mientras ella se reía, se burlaba, ella sabía, entendía todo. ¿Cómo podría haber adivinado? ¿Cómo pude no adivinar?
¿Que me estaba enamorando? De ella. Ya el intensamente reprimido deseo sexual había pasado a segundo plano. Ya la obsesión se iba convirtiendo en un mal recuerdo. Ya los recuerdos se me iban borrando y sólo me quedaba este amor mudo, este amor de pura piel, sin huesos ni carne, este amor de palabras que jamás se iban a pronunciar, porque ella iba a seguir con sus excusas y pronto llegaríamos a hacer el amor, así como sin querer. Aceptar que era casualidad era la única forma de tenerla cerca, de tenerla encima, de tenerla pegada a mi cuerpo.
Pero cuando quise más y hasta pensé en hablarle, cuando empecé el discurso “quisiera decirte”, ella desvió la mirada y se acabó. Por más que hablé y hablé, y por más cierto que haya sido todo lo que dije. Se despejó el humo, quedó sólo la mierda.
breve historia de un amor breve
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