Tácito


Estaba enamorado y los enamorados son estúpidos. Tenía la cabeza llena de pavadas, de recuerdos sin sentido, algunos de cosas que nunca pasaron. Caminaba con los ojos cerrados seguro de no caer y no tenía miedo de nada. Por ahí por no tener miedo es posible que las cosas terribles sucedan. Ella no era en realidad tan hermosa ni tan buena, ni se había entregado por completo, ni había decidido qué hacer, ni valía la pena arriesgarse conociendo al marido y sus antecedentes. Pero estaba enamorado y no veía todo eso. Creía que Laura también estaba enamorada, que ella también…
Eso hacía que olvidara la propia estupidez, que no sintiera la soledad. Aun así las cosas terribles sucedieron.
Esperaba el tren la madrugada del sábado, era necesario que llegara a casa antes que Laura, que ella nunca supiera que también había salido. Estaba apurado, por eso. También tenía sueño y los párpados se hacían cada vez más pesados, a causa de haber pasado la noche sumergido en un humo denso de cigarrillo y de neblina oscura. De todos modos, no había amanecido, así que caminar con los ojos cerrados o abiertos no hacía la diferencia. Sentía la luz en los ojos mientras escuchaba acercarse el tren. No hubiera adivinado nunca que ahí venía Augusto, que el encuentro y sucesivo choque (porque todo encuentro es un choque) eran inevitables. Mientras hacía fuerza por mantener la cabeza erguida, por no desfallecer de cansancio y de falta de equilibrio, las luces del andén se apagaron de golpe. Augusto estaba justo en frente, y ya no podía fingir que no lo había visto. Para colmo de males se aproximaba para saludar, con una educación mal disimulada dejaba traslucir las intenciones más crueles.
Me pregunto si dolió la quinta puñalada, y si cuando Laura lloraba, era por culpa o por amor. Me pregunto de quién era la sangre que sentía salir de la herida y si él sabía que iba a morir cuando enterró el cuchillo.

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