Primero, el dolor. Profundo e intenso. Lo abarcaba todo ese dolor, lo respiraba y se le metía en los pulmones, amenazaba con reemplazar su sangre, con asimilarse a cada célula.
Pero era un dolor limpio, honesto, hijo legítimo de la desesperación. Venía de afuera, del aire; y una vez adentro, golpeaba desde los órganos hacia la piel, y se alimentaba del amor.
Se había lavado con lágrimas sin sal, era un dolor puro. Sin restos de rencor o de melancolía, un dolor líquido transparente que empapaba todas las imágenes y mojaba los sonidos, mediaba entre el mundo y ella, la protegía de algún modo.
Hasta que se murió de hambre porque ella dejó de amarlo. Porque no lo amaba él ya no podía lastimarla. No le afectaba su mera existencia, no le agujereaba el corazón con cada movimiento. Ya no. Y se sentía orgullosa de eso. Sentía orgullo y ese orgullo le daba asco. Asco y vergüenza de que se hubiera terminado lo eterno.
Desde que no estaba enamorada habían pasado varias cosas. Como el silencio a veces hace tanto ruido, como lo ausente necesita siempre estar presente; el no-amor se fue transformando de a poco en el centro de la vida. No había nada que pudiera no comparar con aquello. Por ejemplo, ya no existían sentirse bien y sentirse mal, estaban solamente sentirse mejor y sentirse peor.
Y no era odio, no era desamor. Era no-amor. Era el resto de las cosas, su cuerpo, los cuerpos, todo lo que se podía tocar, ahí directamente: el cielo, más arriba que nunca, las voces, todas esas cosas hermosas, agradables, frescas, valiosas; que no eran el amor. Esas cosas la perseguían, la iban vaciando, la dejaban hecha un hueco, un recipiente inútil sin nada.
Cuando las heridas cicatrizan ya no duele. Cuando se van las marcas uno cada vez se acuerda menos, se desrealizan los recuerdos, se transforman en algo así como sueños viejos.
Muy muy de a poco las cosas vuelven a ser las cosas. El orgullo le da una patada al asco y lo deja tirado en la vereda, entre las ocho y las nueve para que se lo lleve el camión, lo triture y se mezcle con otras inmundicias.
Su cuerpo volvió a ser su cuerpo (lleno de venas, de sangre, de huesos), los cuerpos vuelven a ser cuerpos y se pueden tocar, el cielo está a una distancia razonable. Lo bueno va adquiriendo entidad, lo malo se rehace inevitablemente por oposición. Las cosas se agrupan en conjuntos, se abstrae lo importante de cada una para se pueda nombrar, y ella es otra vez una persona normal, que cree cosas, piensa, duerme toda la noche, cocina, juega al volley y atiende el teléfono.
Es él el que llama. No tiene por qué arrastrarla esa voz que tiembla, si no siente nada por él. No importa que le ponga de manifiesto que está, en alguna parte, el dueño de esa voz, si no lo ama. Pero le importa y la arrastra. Bosteza mientras devora su esperado desayuno, profundo e intenso, el dolor.
1 comentario:
me parecen las lineas más honestas, lógicas y certeras que jamás leí.
me parece que sos una de las pocas que quedan....
qué?
no sé.
pero quedan pocas
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